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El rato de las sabinas es uno de los episodios más conocidos de la mitología
estrictamente romana. Fue protagonizado por Rómulo. Tito Livio lo narra de esta
manera:
[1,9] El Estado romano se había vuelto tan fuerte que era un buen
partido para cualquiera de sus vecinos en la guerra, pero su grandeza
amenazaba con durar sólo una generación, ya que por la ausencia de
mujeres no había ninguna esperanza de descendencia, y no tenían
derecho a matrimonios con sus vecinos. Siguiendo el consejo del
Senado, Rómulo envió mensajeros entre las naciones vecinas para
buscar una alianza y el derecho al matrimonio mixto en nombre de su
nueva comunidad. [...]
y vino toda la población Sabina, con sus esposas y familias. Se les
invitó a aceptar la hospitalidad en distintas casas, y tras examinar la
situación de la ciudad, sus murallas y el gran número de casas de que
incluía, se asombraron por la rapidez con que había crecido el Estado
romano.
Cuando llegó la hora de celebrar los juegos, y sus ojos y mentes
estaban fijos en el espectáculo ante ellos, se dio la señal convenida y
los jóvenes romanos corrieron desde todas las direcciones para
llevarse a las doncellas que estaban presentes. La mayor parte fue
llevada de manera indiscriminada; pero algunas, especialmente
hermosas, que habían sido elegidas para los patricios principales,
fueron llevadas a sus casas por plebeyos a quienes se les encomendó
dicha tarea. [...]
La alarma y la consternación interrumpieron los juegos y los padres de
las jóvenes huyeron, aturdidos por el dolor, lanzando amargos
reproches a los infractores de las leyes de la hospitalidad y apelando al
dios por cuyos solemnes juegos habían acudido, sólo para ser víctimas
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de pérfida impiedad. Las muchachas secuestradas estaban tan
desesperadas como indignadas. Rómulo, sin embargo, se les dirigió en
persona, y les señaló que todo era debido al orgullo de sus padres por
negar el matrimonio a sus vecinos. Vivirían en honroso matrimonio y
compartirían todos sus bienes y derechos civiles, y (lo más querido de
todo a la naturaleza humana) serían madres de hombres libres. Él les
rogó que dejasen a un lado sus sentimientos de resentimiento y dieran
su afecto a los que la fortuna había hecho dueños de sus personas.
Una ofensa había llevado a menudo a la reconciliación y el amor,
encontrarían a sus maridos mucho más afectuosos, porque cada uno
haría todo lo posible, por lo que a él tocaba, para compensarlas por la
pérdida de padres y país. Estos argumentos fueron reforzados por la
ternura de sus maridos, quienes excusaron su conducta invocando la
fuerza irresistible de su pasión (una declaración más efectiva que las
demás, al apelar a la naturaleza femenina).
[1.10] Los sentimientos de las muchachas secuestradas quedaron así
totalmente serenados, pero no así los de sus padres. Vistieron de luto,
e intentaron con sus denuncias llenas de lágrimas llevar a sus
compatriotas a la acción. [...]
Espurio Tarpeio estaba al mando de la ciudadela romana. Mientras su
hija había salido de las fortificaciones a buscar agua para algunas
ceremonias religiosas, Tacio la sobornó para que introdujera sus
tropas dentro de la ciudadela. Una vez dentro, la mataron aplastándola
bajo sus escudos, o para que la ciudadela pareciera haber sido tomada
por asalto, o para que su ejemplo quedase como advertencia de que
ninguna confianza debe guardarse con los traidores. Una historia más
antigua dice que los Sabinos tenían costumbre de llevar pesados
brazaletes de oro en sus brazos izquierdos, así como anillos con
piedras preciosas, y que la muchacha les hizo prometer que le darían
"lo que llevaban en sus brazos izquierdos"; por lo tanto, ellos le
arrojaron los escudos que portaban en lugar de sus dorados adornos.
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Algunos dicen que en la negociación de lo que llevaban en su mano
izquierda, ella pidió expresamente sus escudos, y ante la sospecha de
ser traicionarlos, la hicieron víctima de sus propias palabras.
[1.12] Como quiera que fuese, los Sabinos se apoderaron de la
ciudadela. Y no bajaron de ella al día siguiente, aunque el ejército
romano estaba desplegado en orden de batalla sobre todo el terreno
entre el Palatino y el Capitolio, hasta que, exasperados por la pérdida
de su ciudadela, y decididos a recuperarla, los romanos pasaron al
ataque. [...]
[1.13] Fue entonces cuando las Sabinas, cuyos secuestro había
llevado a la guerra, despojándose de todo temor mujeril en su aflicción,
se atrevieron en medio de los proyectiles con el pelo revuelto y las
ropas desgarradas. Corriendo a través del espacio entre los dos
ejércitos, trataron de impedir la lucha y calmar las pasiones excitadas
apelando a sus padres en uno de los ejércitos y a sus maridos en el
otro, para que no incurriesen en una maldición por manchar sus manos
con la sangre de un suegro o de un yerno, ni para legar a la posteridad
la mancha del parricidio. "Si", gritaron, "están hastiados de estos lazos
de parentesco, de estas uniones matrimoniales, vuelquen su ira sobre
nosotras; somos nosotras la causa de la guerra, somos nosotras las
que han herido y matado a nuestros maridos y padres. Mejor será para
nosotras morir antes que vivir sin el uno o el otro, como viudas o
huérfanas". Ambos ejércitos y sus líderes fueron igualmente
conmovidos por esta súplica. Hubo un repentino silencio y
apaciguamiento. Entonces los generales avanzaron para disponer los
términos de un tratado. No sólo resultó que se hizo la paz; ambas
naciones se unieron en un único Estado, el poder efectivo se compartió
entre ellos y la sede del gobierno de ambas naciones fue Roma.
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EL final de la monarquía se explica con otra leyenda, la de la violación
de Lucrecia:
1.57 Se hizo un intento de tomar por asalto Ardea; al no poder, recurrió
a asediar la ciuda para matar de hambre al enemigo. Cuando las
tropas están quietas, como es el caso de los asedios, en vez de en
campaña activa, es fácil de conceder permisos de salida, más a los
oficiales, sin embargo, que a los soldados. Los príncipes reales a
veces pasaban sus horas de ocio en fiestas y diversiones, y en una
fiesta dada por Sexto Tarquinio Colatino en la que el hijo de Egerius
estuvo presente, la conversación pasó a girar sobre sus esposas, y
cada uno comenzó a hablar de la suya propia con extraordinarias
palabras de alabanza. Encendidos con la discusión, Colatino dijo que
no había necesidad de palabras, en pocas horas se podría comprobar
hasta qué punto su Lucrecia era superior a las demás. "¿Por qué no",
exclamó, "si tenemos algún vigor juvenil, montamos a caballo y
hacemos a nuestras esposas una visita y veremos su condición según
lo que estén haciendo? Como sea su comportamiento ante la llegada
inesperada de su marido, así será la prueba más segura". Ellos se
habían calentado con el vino, y todos gritaron: "¡Bien! ¡Vamos!"
Espoleando a los caballos galoparon a Roma, a donde llegaron
cuando la oscuridad comenzaba a cerrar. Desde allí fueron a Colacia,
donde encontraron a Lucrecia empleada de manera muy diferente a
como estaban las nueras del rey, a quienes habían visto pasar el
tiempo entre fiestas y lujo, con sus conocidos. Ella estaba sentada
hilando la lana y rodeada de sus en medio de sus criadas. La palma en
este concurso sobre la virtud de las esposas se otorgó a Lucrecia.
Acogió con satisfacción la llegada de su marido y los Tarquinios,
mientras que su esposo victorioso cortésmente invitaba a los príncipes
a permanecer en calidad de huéspedes. Sexto Tarquinio, inflamado
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por la belleza y la pureza ejemplar de Lucrecia, tuvo la vil intención de
deshonrarla. Y con el pensamiento de esta travesura juvenil regresó al
campamento.
[1.58] Pocos días después Sexto Tarquinio fue, sin saberlo Colatino,
con un
compañero a Colacia. Fue recibido amablemente en el hogar, sin
ninguna sospecha, y después de la cena fue conducido a un dormitorio
separado para huéspedes. Cuando todo le pareció seguro y todo el
mundo dormía, fue con la agitación de su pasión armado con una
espada donde dormía Lucrecia, y poniendo la mano izquierda sobre su
pecho, le dijo: "¡Silencio, Lucrecia! Soy Sexto Tarquinio y tengo una
espada en mi mano, si dices una palabra, morirás". La mujer,
despertada con miedo, vio que no había ayuda cercana y que la
muerte instantánea la amenazaba; Tarquino comenzó a confesar su
pasión, rogó, amenazó y empleó todos los argumentos que pueden
influir en un corazón femenino. Cuando vio que ella era inflexible y no
cedía ni siquiera por miedo a morir, la amenazó con su desgracia,
declarando que pondría el cuerpo muerto de un esclavo junto a su
cadáver y diría que la había hallado en sórdido adulterio. Con esta
terrible amenaza, su lujuria triunfó sobre la castidad inflexible de
Lucrecia y Tarquino salió exultante tras haber atacado con éxito su
honor. Lucrecia, abrumada por la pena y el espantoso ultraje, envió un
mensajero a su padre en Roma y a su marido en Ardea, pidiéndoles
que acudieran a ella, cada uno acompañado por un amigo fiel; era
necesario actuar, y actuar con prontitud , pues algo horrible había
sucedido. Espurio Lucrecio llegó con Publio Valerio, el hijo de Voleso;
Colatino, con Lucio Junio Bruto, a quien encontró regresando a Roma
cuando estaba con el mensajero de su esposa. Encontraron a
Lucrecia, sentada en su habitación y postrada por el dolor. Al entrar
ellos, estalló en lágrimas, y al preguntarle su marido si todo estaba
bien, respondió: "¡No! ¿Qué puede estar bien para una mujer cuando
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se ha perdido su honor? Las huellas de un extraño, Colatino, están en
tu cama. Pero es sólo el cuerpo lo que ha sido violado, el alma es puro;
la muerte será testigo de ello. Pero dame tu solemne palabra de que el
adúltero no quedará impune. Fue Sexto Tarquino quien, viniendo como
enemigo en vez de como invitado, me violó la noche pasada con una
violencia brutal y un placer fatal para mí y, si sois hombres, fatal para
él". Todos ellos, sucesivamente, dieron su palabra y trataron de
consolar el triste ánimo de la mujer, cambiando la culpa de la víctima al
ultraje del autor e insistiéndole en que es la mente la que peca, no el
cuerpo, y que donde no ha habido consentimiento no hay culpa. "Es
por ti", dijo ella, "el ver que él consigue su deseo, aunque a mí me
absuelva del pecado, no me librará de la pena; ninguna mujer sin
castidad alegará el ejemplo de Lucrecia". Ella tenía un cuchillo
escondido en su vestido, lo hundió en su corazón, y cayó muerta en el
suelo. Su padre y su marido se lamentaron de la muerte
Duarte Sánchez A.D., Historia antigua [soporte en línea]
http://historiantigua.cl/wp-content/uploads/2011/07/TITO-LIVIO-Historia- Romana-ab-vrbe-condita-Libros-I-X.pdf#page6 [consulta 12/11/2013]

