rapto sabinas y violacion de Lucrecia.pdf
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Rosa Jerez López 
(rosajerez11@gmail.com)

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El rato de las sabinas es uno de los episodios más conocidos de la mitología

estrictamente romana. Fue protagonizado por Rómulo. Tito Livio lo narra de esta

manera:

[1,9] El Estado romano se había vuelto tan fuerte que era un buen

partido para cualquiera de sus vecinos en la guerra, pero su grandeza

amenazaba con durar sólo una generación, ya que por la ausencia de

mujeres no había ninguna esperanza de descendencia, y no tenían

derecho a matrimonios con sus vecinos. Siguiendo el consejo del

Senado, Rómulo envió mensajeros entre las naciones vecinas para

buscar una alianza y el derecho al matrimonio mixto en nombre de su

nueva comunidad. [...]

y vino toda la población Sabina, con sus esposas y familias. Se les

invitó a aceptar la hospitalidad en distintas casas, y tras examinar la

situación de la ciudad, sus murallas y el gran número de casas de que

incluía, se asombraron por la rapidez con que había crecido el Estado

romano.

Cuando llegó la hora de celebrar los juegos, y sus ojos y mentes

estaban fijos en el espectáculo ante ellos, se dio la señal convenida y

los jóvenes romanos corrieron desde todas las direcciones para

llevarse a las doncellas que estaban presentes. La mayor parte fue

llevada de manera indiscriminada; pero algunas, especialmente

hermosas, que habían sido elegidas para los patricios principales,

fueron llevadas a sus casas por plebeyos a quienes se les encomendó

dicha tarea. [...]

La alarma y la consternación interrumpieron los juegos y los padres de

las jóvenes huyeron, aturdidos por el dolor, lanzando amargos

reproches a los infractores de las leyes de la hospitalidad y apelando al

dios por cuyos solemnes juegos habían acudido, sólo para ser víctimas

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de pérfida impiedad. Las muchachas secuestradas estaban tan

desesperadas como indignadas. Rómulo, sin embargo, se les dirigió en

persona, y les señaló que todo era debido al orgullo de sus padres por

negar el matrimonio a sus vecinos. Vivirían en honroso matrimonio y

compartirían todos sus bienes y derechos civiles, y (lo más querido de

todo a la naturaleza humana) serían madres de hombres libres. Él les

rogó que dejasen a un lado sus sentimientos de resentimiento y dieran

su afecto a los que la fortuna había hecho dueños de sus personas.

Una ofensa había llevado a menudo a la reconciliación y el amor,

encontrarían a sus maridos mucho más afectuosos, porque cada uno

haría todo lo posible, por lo que a él tocaba, para compensarlas por la

pérdida de padres y país. Estos argumentos fueron reforzados por la

ternura de sus maridos, quienes excusaron su conducta invocando la

fuerza irresistible de su pasión (una declaración más efectiva que las

demás, al apelar a la naturaleza femenina).

[1.10] Los sentimientos de las muchachas secuestradas quedaron así

totalmente serenados, pero no así los de sus padres. Vistieron de luto,

e intentaron con sus denuncias llenas de lágrimas llevar a sus

compatriotas a la acción. [...]

Espurio Tarpeio estaba al mando de la ciudadela romana. Mientras su

hija había salido de las fortificaciones a buscar agua para algunas

ceremonias religiosas, Tacio la sobornó para que introdujera sus

tropas dentro de la ciudadela. Una vez dentro, la mataron aplastándola

bajo sus escudos, o para que la ciudadela pareciera haber sido tomada

por asalto, o para que su ejemplo quedase como advertencia de que

ninguna confianza debe guardarse con los traidores. Una historia más

antigua dice que los Sabinos tenían costumbre de llevar pesados

brazaletes de oro en sus brazos izquierdos, así como anillos con

piedras preciosas, y que la muchacha les hizo prometer que le darían

"lo que llevaban en sus brazos izquierdos"; por lo tanto, ellos le

arrojaron los escudos que portaban en lugar de sus dorados adornos.

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Algunos dicen que en la negociación de lo que llevaban en su mano

izquierda, ella pidió expresamente sus escudos, y ante la sospecha de

ser traicionarlos, la hicieron víctima de sus propias palabras.

[1.12] Como quiera que fuese, los Sabinos se apoderaron de la

ciudadela. Y no bajaron de ella al día siguiente, aunque el ejército

romano estaba desplegado en orden de batalla sobre todo el terreno

entre el Palatino y el Capitolio, hasta que, exasperados por la pérdida

de su ciudadela, y decididos a recuperarla, los romanos pasaron al

ataque. [...]

[1.13] Fue entonces cuando las Sabinas, cuyos secuestro había

llevado a la guerra, despojándose de todo temor mujeril en su aflicción,

se atrevieron en medio de los proyectiles con el pelo revuelto y las

ropas desgarradas. Corriendo a través del espacio entre los dos

ejércitos, trataron de impedir la lucha y calmar las pasiones excitadas

apelando a sus padres en uno de los ejércitos y a sus maridos en el

otro, para que no incurriesen en una maldición por manchar sus manos

con la sangre de un suegro o de un yerno, ni para legar a la posteridad

la mancha del parricidio. "Si", gritaron, "están hastiados de estos lazos

de parentesco, de estas uniones matrimoniales, vuelquen su ira sobre

nosotras; somos nosotras la causa de la guerra, somos nosotras las

que han herido y matado a nuestros maridos y padres. Mejor será para

nosotras morir antes que vivir sin el uno o el otro, como viudas o

huérfanas". Ambos ejércitos y sus líderes fueron igualmente

conmovidos por esta súplica. Hubo un repentino silencio y

apaciguamiento. Entonces los generales avanzaron para disponer los

términos de un tratado. No sólo resultó que se hizo la paz; ambas

naciones se unieron en un único Estado, el poder efectivo se compartió

entre ellos y la sede del gobierno de ambas naciones fue Roma.

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EL final de la monarquía se explica con otra leyenda, la de la violación

de Lucrecia:

1.57 Se hizo un intento de tomar por asalto Ardea; al no poder, recurrió

a asediar la ciuda para matar de hambre al enemigo. Cuando las

tropas están quietas, como es el caso de los asedios, en vez de en

campaña activa, es fácil de conceder permisos de salida, más a los

oficiales, sin embargo, que a los soldados. Los príncipes reales a

veces pasaban sus horas de ocio en fiestas y diversiones, y en una

fiesta dada por Sexto Tarquinio Colatino en la que el hijo de Egerius

estuvo presente, la conversación pasó a girar sobre sus esposas, y

cada uno comenzó a hablar de la suya propia con extraordinarias

palabras de alabanza. Encendidos con la discusión, Colatino dijo que

no había necesidad de palabras, en pocas horas se podría comprobar

hasta qué punto su Lucrecia era superior a las demás. "¿Por qué no",

exclamó, "si tenemos algún vigor juvenil, montamos a caballo y

hacemos a nuestras esposas una visita y veremos su condición según

lo que estén haciendo? Como sea su comportamiento ante la llegada

inesperada de su marido, así será la prueba más segura". Ellos se

habían calentado con el vino, y todos gritaron: "¡Bien! ¡Vamos!"

Espoleando a los caballos galoparon a Roma, a donde llegaron

cuando la oscuridad comenzaba a cerrar. Desde allí fueron a Colacia,

donde encontraron a Lucrecia empleada de manera muy diferente a

como estaban las nueras del rey, a quienes habían visto pasar el

tiempo entre fiestas y lujo, con sus conocidos. Ella estaba sentada

hilando la lana y rodeada de sus en medio de sus criadas. La palma en

este concurso sobre la virtud de las esposas se otorgó a Lucrecia.

Acogió con satisfacción la llegada de su marido y los Tarquinios,

mientras que su esposo victorioso cortésmente invitaba a los príncipes

a permanecer en calidad de huéspedes. Sexto Tarquinio, inflamado

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por la belleza y la pureza ejemplar de Lucrecia, tuvo la vil intención de

deshonrarla. Y con el pensamiento de esta travesura juvenil regresó al

campamento.

[1.58] Pocos días después Sexto Tarquinio fue, sin saberlo Colatino,

con un

compañero a Colacia. Fue recibido amablemente en el hogar, sin

ninguna sospecha, y después de la cena fue conducido a un dormitorio

separado para huéspedes. Cuando todo le pareció seguro y todo el

mundo dormía, fue con la agitación de su pasión armado con una

espada donde dormía Lucrecia, y poniendo la mano izquierda sobre su

pecho, le dijo: "¡Silencio, Lucrecia! Soy Sexto Tarquinio y tengo una

espada en mi mano, si dices una palabra, morirás". La mujer,

despertada con miedo, vio que no había ayuda cercana y que la

muerte instantánea la amenazaba; Tarquino comenzó a confesar su

pasión, rogó, amenazó y empleó todos los argumentos que pueden

influir en un corazón femenino. Cuando vio que ella era inflexible y no

cedía ni siquiera por miedo a morir, la amenazó con su desgracia,

declarando que pondría el cuerpo muerto de un esclavo junto a su

cadáver y diría que la había hallado en sórdido adulterio. Con esta

terrible amenaza, su lujuria triunfó sobre la castidad inflexible de

Lucrecia y Tarquino salió exultante tras haber atacado con éxito su

honor. Lucrecia, abrumada por la pena y el espantoso ultraje, envió un

mensajero a su padre en Roma y a su marido en Ardea, pidiéndoles

que acudieran a ella, cada uno acompañado por un amigo fiel; era

necesario actuar, y actuar con prontitud , pues algo horrible había

sucedido. Espurio Lucrecio llegó con Publio Valerio, el hijo de Voleso;

Colatino, con Lucio Junio Bruto, a quien encontró regresando a Roma

cuando estaba con el mensajero de su esposa. Encontraron a

Lucrecia, sentada en su habitación y postrada por el dolor. Al entrar

ellos, estalló en lágrimas, y al preguntarle su marido si todo estaba

bien, respondió: "¡No! ¿Qué puede estar bien para una mujer cuando

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se ha perdido su honor? Las huellas de un extraño, Colatino, están en

tu cama. Pero es sólo el cuerpo lo que ha sido violado, el alma es puro;

la muerte será testigo de ello. Pero dame tu solemne palabra de que el

adúltero no quedará impune. Fue Sexto Tarquino quien, viniendo como

enemigo en vez de como invitado, me violó la noche pasada con una

violencia brutal y un placer fatal para mí y, si sois hombres, fatal para

él". Todos ellos, sucesivamente, dieron su palabra y trataron de

consolar el triste ánimo de la mujer, cambiando la culpa de la víctima al

ultraje del autor e insistiéndole en que es la mente la que peca, no el

cuerpo, y que donde no ha habido consentimiento no hay culpa. "Es

por ti", dijo ella, "el ver que él consigue su deseo, aunque a mí me

absuelva del pecado, no me librará de la pena; ninguna mujer sin

castidad alegará el ejemplo de Lucrecia". Ella tenía un cuchillo

escondido en su vestido, lo hundió en su corazón, y cayó muerta en el

suelo. Su padre y su marido se lamentaron de la muerte

Duarte Sánchez A.D., Historia antigua [soporte en línea]

http://historiantigua.cl/wp-content/uploads/2011/07/TITO-LIVIO-Historia- Romana-ab-vrbe-condita-Libros-I-X.pdf#page6 [consulta 12/11/2013]

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